Han pasado los días y parece que no terminan, que no se distinguen. Que los miércoles son martes, y que los lunes son peores. La gente ya no entiende y yo hablo frente a la pantalla, escribo de memoria, recuerdo desamores. Hubo que salir al mercado de la esquina a comprar lo que faltaba, María siempre dijo que era un muy buen lugar para vivir, ahora, cada vez, lo confirmo. Iba cada miércoles a comprar frutas y verduras por la promoción. Siempre necesito la papaya y es muy difícil vivir sin naranjas. En Argentina no tenía un exprimidor así que cuando encontraba buenas naranjas me las comía literalmente con la boca. Ha pasado mucho desde eso. Cada minuto van apareciendo los recuerdos y el sol pega fuerte a las 5:00. El resplandor ilumina todo como avisando de la necesidad de guardar las cosas bonitas. Siempre me gustó guardar fotos, recuerdos y un montón de bobadas que atesoro en cajas de tenis que algún día compré. Es domingo, y me hace falta el salpicón y la bicicleta; pensé en adaptar unos rodillos, que complejo es no tener tanto espacio y que ruido hacen las cosas que se diseñan. Que bello es el silencio, sin embargo, escucho música todo el día. La misma de siempre porque para qué más. Kata me dijo que debería escuchar otras cosas, yo no le creí. Ella tampoco nunca me creyó y terminó en Lóndres encerrada como yo. Pasé muchos días solo en la ciudad de la furia, un poco antes decidir venirme.. pasaba los días pensando en el futuro, y sobreviviendo a la melancolía que cubre sus grandes avenidas muy a las 18, muy a lo maldita sea. Quise no pensar demasiado, igual. Nadie pensaba que iba a pasar esto y bueno yo no siquiera sabía que iba a pasar cuando volviera. Marina ya no me esperaba, y yo sin saber me convertía en profesor en mitad de la cordillera de los Andes. Algunos años después pase muchos días encerrado escribiendo mi tesis en aquella ciudad caliente y salsera y peligrosa a la que huí para enfrentarme con mis ganas de vivir como los demás, el esfuerzo me agotó. Amaranta sufrió un montón pero ahora es feliz, pero también está encerrada. Miro los días que vienen, los que faltan. Todo es un poco confuso. Comía un montón de galletas. Ahora me acompaña el vino, nunca estamos tan solo como pensamos. Mi último encierro fue cuando todo aquel viaje soñado terminó siendo un olvido, un después sin después, una vida sin ella, un pared sin postales. Volví a llenar todo de postales y creer que todo vuelve algún día, como el boomerang, como los Beatles. Como el virus.
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domingo, 29 de marzo de 2020
miércoles, 17 de julio de 2019
Otro 17
Otro diecisiete de miedo.
Otro miedo en el 27.
¿Para?
Dejarme en miedo.
Volverme miedo.
Hacerme miedo.
Ni recuerdo ni mentira, solo miedo.
Cada tarde, cada estación, cada gota.
Pudiste hacerlo mejor.
Pudiste dejarme sin miedo.
Cada sensación.
El 8 del 6 del 3 de marzo.
¿Y luego?
Cada nueva nube negra.
Suéltame.
Ya soy miedo, no me mates más.
domingo, 30 de octubre de 2016
Tu espalda infinita.
Cuentan de una negra hermosa, de una morena enloquecedora y encantadora. La recuerdan haciendo tratos, siempre ganando en los negocios, siempre sonriente. Siempre coqueta. Que si sube que si baja el dólar que la cotización, que la estatización, que la logística, que el excel. Lagos en el cielo, sitios que no existen, dolores que perduran. Y ella allí resistiendo entre flores. Masajes que no bastan, noches que no esperan. Sus dedos largos, sus piernas maravillosas. Los rastros en la piel, el recuerdo en el tattoo, la comida para llegar, el desayuno sin el café. Navegar y encontrarse con el mar, manejar soñar volar, desear lo bonito, retroceder, mirar, creerla encontrar. Rojo, el rojo que me hace falta. El rojo en sus uñas, imaginar. La casualidad. Dicen que tiene mala memoria, que detesta la piña en la pizza y de vez en cuando las rutinas que cansan, incluso que esto tampoco le importa. Se viste de colores, se oculta con cobijas, se sueña en piscinas. Que cuando descansa todo queda en silencio, que enamora hasta los gatos, que trasciende por los aires. Que sabe a café, a lujo, a sexo, aquí a allá, a tierra. Que tiene tierra en las manos. Se maquilla, se desmaquilla, se duerme, y no deja de ser linda. Se reserva, se calla, se ausenta. Enloquece. Que cuando camina todos la miran, que no tiene admiradores y que ninguna rosa, roja, es suficiente. Se siente descalza, se calza pijamas sexys, se deja ir entre sueños. Que tiene la mirada encantadora y la risa esplendorosa. Que se pierde, que no sabe de mapas, que se queda viendo lost.
Cuentan que cuando quiere, desquiere, ama. Cuentan que cuando se queda sin ropa, tan pila como linda, descubre una espalda infinita, una cadera deliciosa, y mil motivos para creer que ella no es un invento de un mal escritor de blogs que no sabe dar masajes, sino que ella es tan linda como esa espalda, y tan infinita como decir más. Quiero más.
domingo, 23 de octubre de 2016
Tu despertador favorito
Me rehuso a no querer ser tu despertador favorito.
Me rehuso a no serlo.
Me rehuso a no buscarte entre las cobijas.
Me rehuso a que no me aproveches.
Me rehuso a que no abras los ojitos trasnochados y muestres tu mirada más soñadora, linda e inocente.
Me rehuso a no estar tras de ti y abrazarte, cogerte.
Me rehuso a no pedirte el desayuno a la cama y que llegue magicamente.
Me rehuso a no ver tu pijama sexy.
Me rehuso a no querer estar en tu espalda infinita, en tu cadera deliciosa.
Me rehuso a ser un mal despertador.
Podrías arreglarme, mandarme al técnico, repararme y volverme tu favorito.
Me rehuso a que no lo intentes.
Me rehuso a no querer mirar tus manos lindas cada mañana.
Me rehuso a no tener tantas ganas de ti.
Me rehuso a no ser el despertador que aproveches.
Me rehuso en todo caso y sobretodo a no ser tu despertador favorito.
Eso quiero ser, tu despertador favorito.
jueves, 15 de septiembre de 2016
Deberías
Un día, sin quererlo me estrellé con esa foto. Un lunes de esos que obliga el calendario, capaz. Y fue difícil creerlo, pero más que eso, entender que era una foto que ya conocía, porque vivía dentro de ella, era como un mapa que recorría todos los días; que iniciaba en las cataratas, daba la vuelta al Obelisco, bordeaba Parque Centenario, y terminaba en la ciudad de la luna. Con sus ires, con sus venires, con sus antojos, con sus encajes, con sus ojos que todo lo vuelven así; con la confianza infinita en la ruta bajo la sombra oscura que justo en el momento necesario y poco indicado saltaba por encima del huesito de la cadera, que seguro también sostenía las rodillas favoritas de toda la vida. Y pues, obvio, no supe entender ni la foto, ni el mapa, ni sobre todo la nueva versión del cuento que había escrito que no iba a volver a contar cuando el septiembre era tan negro como aquella botella de fernét con la que se emborrachó y me olvidó infinitamente. Y pues el tiempo al tiempo, la ruta, los caminos, los transmilenios, los cañones, los ciclistas, los huecos en las orejas, la pileta, los sueños que no se hacen realidad, los alfajores, la playa, el viaje, el otro septiembre, el rosario, el artículo, el cevelac, y más tardecito después otra vez la sombra maravillosa, los huequitos en los cachetes, las amigas, los tatuajes, la música, la nana, el hermano, yo. El chico en Corrientes, las cillas robadas, ¿dónde están mis postales? ¿Hubo postales? María eres llena de Camila. La vida, el 26, la FADU, la facultad. Lo que no podía ser. Su manía de comerse las paredes, mi destino de hablar con ellas, escucharla de fondo, saber lo que pensaba, saber que nunca iba estar y seguir ahí, de rodillas. Por si acaso, es el hueco de la cadera. Claro, también me preguntó que si iba, de pronto se equivocó, pero yo le dije que sí. Tal vez fue eso, siempre es mejor decir que no. Dijo que se le había acabado la inspiración para las fotos y que no era persona, pero que tenía la lengua y los labios, y yo le creí. Otro día le puse moños, y no fue hoy que también nació. Dejó su cargo de stalker, y se perdió en la vida. Escribió al revés. Vidal y la vid. Nunca pudimos hacer negocios. Tiempo, atención y dedicación podría ser su nuevo tatuaje, su futuro, la chica difícil. Intentó cuatro novios, se tragó las rabias de cuatro seres que le dieron besos, y a él ni la hora. Luego ella se volvió loca histérica, y el se fue aunque nunca se hubiera movido de donde no se debió mover. Daba investigación en inglés, vidas cruzadas, hilos que no son rojos y los labios rojos carnosos perfectos, tan Victoria. Nunca encontraron la G, la de guarra. Ahora el mapa tenía tantas curvas que el se mareaba, cada tarde esperándola, entre la luna, y el sol. También se enredaron, como en las cataratas. "Que bonito fue cuando me buscasté" - recordó. El regalo de siempre Amaranta. Tanto creer en ella. El pánico de esa tarde a 10 metros, espalda con espalda. Las uñas desarregladas. Nunca volvió a creer en cuentos de hadas, y seguro tal vez tampoco en él, ni en esto. Ni mucho menos, en lo otro. Se enamoró, como cada vez que se enamoraba una vez más. De mi desaparecieron las palabras. Siempre volvía, siempre lo buscaba. Vidas paralelas. Tan fuerte como las rodillas. Nunca estarás mal Ximena. ¿Te cambió el tiempo? Los 90, la constitución, el mundial, Alemania, la escuela. Dos en la ciudad. El dijo, que suponía que la vida era así, ella dijo que había sido mala, y que importa, decímelo. ¿Volverás a no entenderte? ¿Entenderte es que no vuelvas? El le dijo que era perfecta. Yo, yo tampoco entiendo. Los ojos que brillaban y sonreían desde dentro, la mágica ilusión. Algún día cuenta el cuento que le quitará la ropa. Cuando no se entendía, pensaba en mi - corrijo. Era claro que la pared no respondía y el mensaje quedaba ahí para leerlo o no. Las rodillas resistieron. Pasaron años, días, la misma ruta, el mismo camino, bajar por sus curvas, comer galletitas, no te cases nunca por favor, la tristeza, la quinta como vencida. La B de no se qué. La V mía. Esa noche. El anillo, las cejas perfectas, la diosa wayuu en el fondo. La nariz que sufría, el maquillaje, la gata, los labios rojos carnosos fuego. Todo lo penetraba. La matrioska en su brazo izquierdo, la boca carnosa deliciosa que torcía para sin quererlo provocarlo, provocarme. El cuarto al que no subí. Yo lo sé, muy bien, te aprendí a querer. El bon o bon, la caja que le guardo, el papel que fotografío. Las ojeras. La tarea que le ayudó. El amor que no fue después del amor. ¿Cómo sobrevivir a este día sin ti? ¿Cómo vives sin ella? Una llave por otra llave. El por mí. Ellos por mí. Los, mis, Buenos Aires, Spinetta de fondo cortando todo como un vidrio peligroso. Costanera, los mensajes de lejos. Todo, nada, lejos, el rio de la plata. Vivir sin amor. Choripan. Guardarte en una caja negra. Por lo menos las rodillas, por lo menos el hueso. Si, el mismo de la cadera, contradecirme. Contra decirle. Decirle para decirme. Irme. Volver a irme para ver si te encuentro. Nos veremos en la otra B. O en la M. No son líneas, ni metros que son transmilenios. Ni días, ni quinces de septiembres. Superarlo, reflexionar. Desgarrarte. Honey. El mate. Dos días en la vida en una misma vida en un mismo lugar nunca vienen nada mal. Se acostaba con él, eso. El resto, el la olvidaba, quería vivir de una bici mientras daba clases de educación física. No sé. La sonrisa, los cachetes perfectos, tan Jimmy. Tan allá. La capul, los tacones. El cajón infinito que abre cada vez con su ropa interior. Sus colores desperdigados. Los 8 grados de Confía. El pétalo de sal. El chocó prometido. Fuerte y Valiente también en la derecha. Carmesí labios rojos mamasita. Ya no somos tan espontáneus, claro está. Mil pájaros volando en su izquierda, cada ruido está de más, su reloj, su atado, la blusa blanca, la sombra de la felicidad, los años de la soledad, el magdalena. Su piel, las manos, el huesito de la cadera. Su incomprensión, sus ganas de ser, mi azulejo, mi muñeca, el rincón donde te acosé con la Boca. El verde aguamarina con encajes para darme los buenos días. Pedirle todos los días los buenos días. El 26 por Rivadavia. Los piercings, su vacío interno, mi tesis que hablaba del vacío y era ella en cada maldita línea, su ropa interior negra con estrellas que solo ella se merecía. La V, mi V que le gustaba hacer con cada foto nueva cuando ella todavía, aún, no debería. La debrietud. Mi inquietud. La florales genérica. La camiseta de Batman. Sarita has de ser y hasta ahí me gustó la televisión. Su delineador, las transparencias. Su despeluque, su empute, su mujer, su lucha por la mujer. El rosado con corazones y otra vez la sombra maravillosa hacia su vida infinita y plena. El rosado con verde, con el encaje, con el para siempre, con la tarde, con el chocolate, con todo y sin nada. El día que me dijo que sí. Yo también tomé fotos. Sus ganas de fruncir el ceño. El día que se pintó una mariposa en el rostro, tan Amaranta, tan princesa, tan perfecta. La pijama de la niña de rayas. Tan coqueta como la primera vez. Querías conocer Europa ¿vamos? El anillo en forma de corazón. Tu amor que sangra. Exacto, iba en aquella tarde en la que me perdí en su foto, en su vida, en su quizás, en su algún día, en, otra vez, sus rodillas. Vos sos tan incierta. Lo apunté en el calendario, lo agregué a mi rutina, dejé las tortas que viajan kms para que se las tiren en la cara a uno. Las hormigas que en Septiembre nos empiezan a invadir como invadieron a los Buendía. Y otra vez la B. Buena Amaranta. Matarlas, bajar el nivel, bajar, bajar por tu piel. Es el mundo de hoy. Italia, Milan, también. Rio. Branca. Y franca, así como tú. Así como ella. Mi sin ti tan amargo, mi después. El día que fue a buscar donde habías vivido a ver si aún estaba tu aliento, tu respiración, tu magia, tu sonrisa. Tan así, como el día que volví al mismo bar en que te conocí y pediste Tom Collins con torta y yo volví solo a sentarme en tu silla, sin planearlo, solo a eso. Sin explicación. Los círculos que dan vuelta. Todo eso lo pensaba y no era capaz de sobreponerme a ese encaje, a ese secreto. A tu manía de dejarme sin ti, pero contigo. Sonríe que me haces feliz - le dijo y obvio, tampoco se lo creyó. Salud y también brindo por ti. Labios rojos Maria llena eres de Camila. Por fin lo resolvimos. Solo se trata de vivir. Aquel edificio con tu nombre. Cada madrugada. Me quiebro, el amargo fernet. Sin coca. La botella verde. La beca que buscabas. Neurótica. La citrina o citrazina. Vamos a ser felices. Lejos. No te emborraches de paredes, ni de de recuerdos. Los ojos que todo lo podían y que ahora me ven escribiendo esto. Las putas ciudades que no nos dejan querer. 26 vidas más a ver si en la 26 coincidimos. O tal vez en la 3 con él. 39% de alcohol. Tan perfecta otra vez. Todo esto pasaba en esos minutos, meses y años eternos que pasaron entre que ví la foto y le contesté: Perfecta. Deberías.
domingo, 11 de septiembre de 2016
Sabor a cigarillo.
Olía a cigarrillo como la primera vez, y seguro como la última. Me gustaban sus manos y aunque ella no lo recordara, yo si se lo volví a mencionar mientras trataba de no pensar en nada ni en todo. Estaba ahí en otro país, con su vida inventada, con su matrimonio de mentiras, con su hija de verdad, con su hielo eterno. Tenía las circunstancias, las explicaciones y las posibilidades. Todas mezcladas, pero las tenía. Recuerdo que llovió un poco, que el mojito nunca estuvo perfecto y que la música nunca la convenció. Tampoco olvido el hambre y las ganas. La frontera de lo imposible, la calle del jamás, el edificio de la mamá. Las clases de los rumbos, de las líneas y de las pendientes. Caerse. Un beso seco de repente. Otros más. El silencio de las calles en un día cualquiera. Su escote. Contarse la vida para no saber nada más. Soy el nombre prohibido, y el pasado mejor. Su frialdad, su equilibrio antes de quebrarse y romperse en mil pedazos. Sus ojos achinados. El beso sabor a cigarrillo. Nunca supe si me trató bien o mal, pero como siempre me dejo con las ganas. Ella sabe que su lunar es mío, que es lo que la escuadra, la desconcentra y la atormenta. Yo solo se que está ahí, esperando, otra vida para ser mío, de verdad.
domingo, 4 de septiembre de 2016
Robando corazones.
Alí ya no tenía a sus cuarenta ladrones, pero le gustaba robar corazones en países desconocidos. Fue así como fue a parar a aquel paraíso perdido cerca al gran amazonas. Llegó a la inmensa colcha de retazos con el fin de hablar como sumercé y no like him. Alí tal vez estaba perdido y solo quería encontrarse mientras ella no quería ni lo uno ni lo otro, o por lo menos, eso decía. Sin saber por qué terminaron en el Pacífico oscuro, entre ballenas y recuerdos. Así sabía que no duraría mucho y que era mejor aprovechar aquella playa para arrebatarle el corazón sin que ella lo notara, sin que ella sonriera y peor sin que pudiera cantar para disimular que no estaba tan feliz. El la enredó con palabras bonitas en otro idioma y con sus manos grandes y sus ojos saltones logró su cometido justo antes del fin de la última tarde de aquel paseo de fantasía. Ella, inocente, solo lo notó cuando volvió a aquella despensa de sabores indescriptibles y en su caminata matutina en busca de la fruta para las medias nueves se encontró de nuevo con aquel viejo conejo loco que le dijo: Alice, alguien te ha robado la hermosura. Alice no le creyó del todo, pero si se dio cuenta que ya no tenía corazón.
lunes, 29 de agosto de 2016
En tus rodillas.
Tengo la idea que vino corriendo y me abrazó. Nos abrazamos. Vivo con el recuerdo bonito de ese instante, tan bonito que aclaramos en ese mismo instante que era bonito y que no creíamos que estuviéramos ahí. No tuve tiempo de mirar si era tan princesa como lo soñé, no supe si yo era tan feo como de pronto alguien puede suponer. Eran los buses rojos que van y vienen y se nos llevan la vida. Era la Caracas y la 63. Recuerdo su sonrisa tan tatuada en mi otra felicidad. Tampoco pude fijarme en el nerviosismo que me dijo que tenía cuando me confirmó nuestro encuentro y no supo escribir bien su número. Estaba estrenando teléfono móvil. Tampoco nunca planee que podía pasar y que tan encuentro era ese encuentro. Luego caminamos por calles conocidas y olvidadas y cada paso reafirmaba sin quererlo que ella era y que tal vez yo sería, aunque nada fuera tan concreto y a la vez tan iluso. No recuerdo si estaba bonita, fea, ni con que ropa iba. Es más, creo que después del segundo segundo de verla y abrazarla no fui capaz de mirarla a los ojos varios segundos para no enamorarme y morir ahí, tendido en la capital y volver esta historia más cuento que historia. La historia fantástica de la que ella se escapó. Se quedó fumando mientras yo organizaba la maleta que no supe arreglar. En algún punto debe estar la botella de Fernét que le regalé. Luego llegamos a la 30 y ahora que lo pienso caminamos mucho y seguro cuando uno puede caminar con alguien sin quejarse es por algo. Todos y cada uno son recuerdos inconclusos. Más que recuerdos son fragmentos de una película. Luego vino el Tom Collins. Antes las ganas de besarla. En el medio ella hablando con su amor. Las postales en la casa. Su casa. Conocernos así. Fue la única vez que la vi. Fueron las únicas horas que estuve cerca. Cuando su piel no tenía tatuajes y su corazón tenía marcas. Nunca podría encontrar el camino de vuelta para buscarla donde la dejé esa noche en la ciudad de la luna. Yo con una caja y ella pendiente de la pantalla con símbolos que no entendía. Luego me senté en su misma silla y parecía que estuviera ahí. Este sin ti tan eterno y la canción para confiar. Las oportunidades. Amaranto en Pamplona. Las fotos. El cajón con su ropa. Su cumpleaños. Cuatro cumpleaños más. Sus uñas desarregladas. Sus rodillas increíbles. Yo suponiendo siempre. Ella ahí pero sin irse. La guajira, las paredes de sal, las clases. Y pienso en ese instante, en esas horas, en el abrazo, en tantas líneas escritas y quiero seguir ahí, en ese bus rojo, en el acordeón, en su vida complicada, en los buenos aires y en las cataratas que nos prometimos. Sin final ni comienzo. Sin excusas ni reproches. Con la tranquilidad inmensa de que las mejores historias no terminan, a veces ni se escriben, y otras tantas, pero muy pocas, solo necesitan una protagonista que las salve y un director que este ahí solo para decirle que ella es su protagonista. Fue el mejor viaje de vuelta a la tierra del olvido aquella tarde de un día como hoy. La historia que siempre quise contar. La película que siempre querré grabar. El camino de vuelta que siempre querré encontrar. El Tom Collins que siempre te ofreceré. Aún no se si sabes a Fernét. Prométeme vivir cien años más, dulce Amaranta. El tiempo se congeló ese día, y aunque tal vez no toque derretirlo, aunque ya no haya reloj para contarlo, ni frío para sentirlo ni llama para batirlo, quiero quedarme ahí, el día en que te conocí y los sueños se hicieron realidad. El día que me metí en tu vida y no pedí perdón. Ahí quiero quedarme, en tus rodillas.
domingo, 17 de abril de 2016
Pequeño regalito nocturno
Pequeño momento de otro
momento y de un inolvidable momento
guardado desde siempre y para
siempre.
Ella, inmortalizada, ávida de
palabras y sensaciones por venir
perdida en las páginas de un
buen libro que seguramente aún no conoces.
Mas a pesar de ello, llena de
espacios en blanco para escribir algo, lo que sea, sobre ella.
Ella que vienes siendo tu, tu
que tal vez podrías ser ella.
Ella que tal vez nunca se
olvida, ella que sigue siendo bella.
Bella mañana en que
despertamos a al lado de una montaña
y el sol de un Chicamocha
para pintar cosas bonitas.
Un regalo que no se puede
empacar.
Un empaque que no existe, un
motivo que no se inventa,
una pregunta que no se hace,
un verbo que no se conjuga
un instante, una eternidad, un
quizá, un después, un ojalá.
Tu en el medio de todo, yo
lejos del medio, de nada.
domingo, 6 de diciembre de 2015
Era
Era Once.
Cuando las rutas iban, cuando los aires venían.
Era ella en otro país.
Era el país de los otros.
Era cada uno de sus pedacitos.
Las películas que tanto vieron.
Los finales que no cambiaron.
Las respuestas que no preguntaron.
Eran las seis.
O las cuatro.
Era el reloj devolviéndose.
Era yo viéndote.
Una canción y otras que no se pudieron cantar.
Era diciembre.
Era Corrientes.
Cuando las rutas iban, cuando los aires venían.
Era ella en otro país.
Era el país de los otros.
Era cada uno de sus pedacitos.
Las películas que tanto vieron.
Los finales que no cambiaron.
Las respuestas que no preguntaron.
Eran las seis.
O las cuatro.
Era el reloj devolviéndose.
Era yo viéndote.
Una canción y otras que no se pudieron cantar.
Era diciembre.
Era Corrientes.
martes, 15 de septiembre de 2015
Amaranta (IV)
Era blanca como la nieve. Era ella y era nada.
Fue cada segundo que me dejó respirar.
Salvarla de la torre de cristal, partirla en mil pedazos.
Dejarla en corrientes.
En el rio Magdalena.
En las cartas inconclusas del coronel.
Las postales, los piercing y el tatuaje sobre el torso desnudo.
Las estrellas que dejan de brillar.
Las postales.
El fernet.
Costanera en bicicleta.
Las ideas.
Vos sos tan incierta.
La niña encantada.
La princesa hastiada.
Las rodillas para nunca dejar de intentarlo.
El último suspiro.
Comerse las paredes.
Resucitar.
El amor no creído de Aureliano.
Los hijos con cola de puerco.
La tierra mágica.
Palermo.
Comprar revistas en Palermo.
Comer Don Satur en Parque Centenario.
Iguazú.
El matrimonio de la otra vida.
Nena, Confiá.
Los 100 años que ya no serán de Soledad.
Ya nos veremos en algún lugar, en alguna fiesta, en cualquier ciudad, cuando me hables con el corazón.
Fue cada segundo que me dejó respirar.
Salvarla de la torre de cristal, partirla en mil pedazos.
Dejarla en corrientes.
En el rio Magdalena.
En las cartas inconclusas del coronel.
Las postales, los piercing y el tatuaje sobre el torso desnudo.
Las estrellas que dejan de brillar.
Las postales.
El fernet.
Costanera en bicicleta.
Las ideas.
Vos sos tan incierta.
La niña encantada.
La princesa hastiada.
Las rodillas para nunca dejar de intentarlo.
El último suspiro.
Comerse las paredes.
Resucitar.
El amor no creído de Aureliano.
Los hijos con cola de puerco.
La tierra mágica.
Palermo.
Comprar revistas en Palermo.
Comer Don Satur en Parque Centenario.
Iguazú.
El matrimonio de la otra vida.
Nena, Confiá.
Los 100 años que ya no serán de Soledad.
Ya nos veremos en algún lugar, en alguna fiesta, en cualquier ciudad, cuando me hables con el corazón.
domingo, 24 de mayo de 2015
Bolero
No sabía nada de los boleros hasta que se tropezó con ella mirándolo sin remordimiento una mañana cualquiera y llena de hormigas que volaban en remolinos invisibles y aturdían sin querer los recuerdos más recientes.
No sabía nada y nunca supo nada de aquella música cautivadora, de aquel ritmo sensual y de porque ella nunca se le salió de los ojos. Se quedó grabada en la retina y en el querer, en la bobada de las tres y en las palabras que nunca se escribieron en servilletas de papel que guardaba como manera de entender su destino.
Destino que se confunde con camino, él, que confundió el sol con el ombligo, el ombligo con el sol, los vampiros con animales mitológicos amorosos y la felicidad con las posibilidades malditas.
Ella solo se quedó al vaivén del baile, del trio con guitarras, de la montaña con nieve. Congelada en el recuerdo y en las ganas.
Esa mañana, ella lo vio primero, con el sol de la madrugada, y supo desde entonces que el la acompañaría todas las mañanas de su vida, aunque ella no quisiera ni entendiera.
A la larga, ella tampoco nunca supo, ni nunca sabrá, pero se parecía al bolero, y nunca al tango de su perdición.
No sabía nada y nunca supo nada de aquella música cautivadora, de aquel ritmo sensual y de porque ella nunca se le salió de los ojos. Se quedó grabada en la retina y en el querer, en la bobada de las tres y en las palabras que nunca se escribieron en servilletas de papel que guardaba como manera de entender su destino.
Destino que se confunde con camino, él, que confundió el sol con el ombligo, el ombligo con el sol, los vampiros con animales mitológicos amorosos y la felicidad con las posibilidades malditas.
Ella solo se quedó al vaivén del baile, del trio con guitarras, de la montaña con nieve. Congelada en el recuerdo y en las ganas.
Esa mañana, ella lo vio primero, con el sol de la madrugada, y supo desde entonces que el la acompañaría todas las mañanas de su vida, aunque ella no quisiera ni entendiera.
A la larga, ella tampoco nunca supo, ni nunca sabrá, pero se parecía al bolero, y nunca al tango de su perdición.
domingo, 17 de mayo de 2015
Aliento
La lluvia no paró nunca. Todos entonces quedaron encerrados para siempre en esa historia azul, presos de los personajes que les tocaron y cantando en loops infinitos la misma canción aburrida de las tres. Nunca hubo una excusa diferente que la de -está lloviendo-. Fue como un paréntesis en el tiempo, como un tiempo fuera, como congelar todo, así siguiera andando.
Al final, nadie quiso tampoco que dejara de llover. Amaranta optó por el encierro definitivo, por preparar su muerte y cuidar sus rodillas. Así no apareciera el sol. Todos los pretendientes quedaron con sus flores compradas. Como un tango infinito.
Ella quedó con sus ligueros puestos, con el vino cerrado, con las estrellas estallando de furia debajo de su brazo. Nunca quizo cambiarse, nunca quizo nada más. Se quedó con las ganas congeladas, con el amor impreciso, con el lounge chillout durmiéndose entre sus piernas, con el grito ahogado entre sus lunares. En realidad quedó con su último aliento. Cuentan que el quería dejarla sin aliento y nunca parar de besarla.
Nadie la volvió a ver nunca y la lluvia nunca ha parado.
domingo, 3 de mayo de 2015
Constelaciones
Se sintió nerviosa, perdida en aquel piso vacío aquella noche extraña. Era lunes y nunca supo si su vida estaba terminando o empezando esa semana, en ese mismo maldito momento. Solo quedaban en el departamento, los recuerdos regados por el piso de aquel matrimonio inconcluso. Una amalgama de si(es) por dar y no(es) de nunca entender.
Entonces se volteó, se sacó la remera y dejó en el aire suspendido los suspiros que había guardado de la última vez en esa última vida que no alcanzó a utilizar. Sin pena, sin gloria, sin hambre, un poco sin motivos, pero sobre todo llena de esperanza y soledad. Tenía la piel blanca, marcada por el invierno tenaz del norte y del techo de lo impensable. Tenía las ganas y los labios más sexys. Tenía la sonrisa atragantada. Tenía el miedo eterno y el brasier negro.
Era ella y ninguna, era cada vídeo inventado, reproducido y congelado en la imagen precisa. Era lo preciso para lo impreciso. La tele apagada, los restos de papel en el piso frío, y la cama más grande que el más grande desierto. Era Barcelona en los próximos años. Era siempre el silencio. Las piernas, el escote, el vino, el rock, la ciudad de la furia y el frío que se colaba por cada pequeño agujero y que la mataba de a poquitos.
Luego empezó a llover. Luego paró de llover. Luego no existió el luego, solo el vacío de aquel agujero negro infinito en el espacio-tiempo de la felicidad torpe de la madrugada. Le dejó para siempre, la ruta de la constelación de sus lunares oscuros para que se perdiera cuando quisiera, pero sobretodo para que supiera que tal vez, ella nunca se iba a perder con él.
Entonces se volteó, se sacó la remera y dejó en el aire suspendido los suspiros que había guardado de la última vez en esa última vida que no alcanzó a utilizar. Sin pena, sin gloria, sin hambre, un poco sin motivos, pero sobre todo llena de esperanza y soledad. Tenía la piel blanca, marcada por el invierno tenaz del norte y del techo de lo impensable. Tenía las ganas y los labios más sexys. Tenía la sonrisa atragantada. Tenía el miedo eterno y el brasier negro.
Era ella y ninguna, era cada vídeo inventado, reproducido y congelado en la imagen precisa. Era lo preciso para lo impreciso. La tele apagada, los restos de papel en el piso frío, y la cama más grande que el más grande desierto. Era Barcelona en los próximos años. Era siempre el silencio. Las piernas, el escote, el vino, el rock, la ciudad de la furia y el frío que se colaba por cada pequeño agujero y que la mataba de a poquitos.
Luego empezó a llover. Luego paró de llover. Luego no existió el luego, solo el vacío de aquel agujero negro infinito en el espacio-tiempo de la felicidad torpe de la madrugada. Le dejó para siempre, la ruta de la constelación de sus lunares oscuros para que se perdiera cuando quisiera, pero sobretodo para que supiera que tal vez, ella nunca se iba a perder con él.
domingo, 12 de abril de 2015
Si me dejaras
Si me dejaras recorrer tus lunares.
Si me dejaras tapar ese sol.
Si me dejaras buscar esa luz.
Si me dejaras enloquecerme por verte sonreir.
Si te besara pasitico, si me besaras riquito.
Si me dejaras otro vaso para medio llenarlo.
Si me dejaras nunca dejarme no.
Tengo ganas de pararme en la esquina
y al verte pasar decirte: si me dejaras.
sábado, 4 de abril de 2015
Click
- "Estar dentro de una foto, del otro lado, y no salir en ella. En la escena, mirada desde otro lado. Es como no existir, pero ver todo, ver sobre todo cómo se hace, que pasa. Congelar los instantes, ver el click. Pensar con los ojos, determinar el segundo. Tener el poder de adelantar o atrasar según tu recuerdo, siempre evitando quedar congelado bajo el mismo frío, bajo la misma posibilidad."
Eso pensaba, en silencio, y con el pensamiento ido, Aureliano José esa tarde insoportable de marzo en que encontró aquella vieja fotografía de un pueblo en el que estuvo pero que no recordaba, porque nunca recordó, ni entendió, como salió de él. Recordaba haber llegado, haber estado, pero nunca haber salido, y por lo tanto, su memoria le decía que tal vez nunca había estado allí.
La foto, en sepia, como todas las que se toman en marzo fue tomada a las 9:06 am en la plaza de aquel pueblo, harían 10 grados de temperatura y el fotógrafo que disparaba la vieja cámara Nikon nunca se enteró quien era Aureliano José, pues el tampoco lo vio. Aureliano José tardó 15 años viajando alrededor del mundo buscando aquella foto hasta que la encontró en el lugar menos pensado revisando y leyendo cada uno de los libros de la biblioteca de Macando, justo después de que Amaranta lo dejo esperando para siempre en la esquina donde solo llovía.
Cuando la encontró, supo que era la foto que había estado buscando porque reconoció la conversación retratada, cada una de las frases e incluso el viejo reloj de la iglesia marcaba la hora exacta. Incluso reconoció el antes, el después, la foto anterior, la foto posterior. Le impactó tanto que nunca se fijo en si él salía o no en la foto. La único que hizo fue tomar aquel libro que hablaba de animales salvajes y llevárselo a casa y guardarlo en el viejo cuarto donde fue descubierto el hielo. Aquel fue el único libro robado en la historia de Macando.
Cuentan, como siempre se cuentan las cosas, que todos aquellos que se toman una foto en el mismo lugar de aquella fotografía, nunca salen en ella. Y es como si el click se los tragase y aparecen muchos años después en Macondo, como en un universo paralelo, o tal vez como en la única y verdadera realidad.
Eso pensaba, en silencio, y con el pensamiento ido, Aureliano José esa tarde insoportable de marzo en que encontró aquella vieja fotografía de un pueblo en el que estuvo pero que no recordaba, porque nunca recordó, ni entendió, como salió de él. Recordaba haber llegado, haber estado, pero nunca haber salido, y por lo tanto, su memoria le decía que tal vez nunca había estado allí.
La foto, en sepia, como todas las que se toman en marzo fue tomada a las 9:06 am en la plaza de aquel pueblo, harían 10 grados de temperatura y el fotógrafo que disparaba la vieja cámara Nikon nunca se enteró quien era Aureliano José, pues el tampoco lo vio. Aureliano José tardó 15 años viajando alrededor del mundo buscando aquella foto hasta que la encontró en el lugar menos pensado revisando y leyendo cada uno de los libros de la biblioteca de Macando, justo después de que Amaranta lo dejo esperando para siempre en la esquina donde solo llovía.
Cuando la encontró, supo que era la foto que había estado buscando porque reconoció la conversación retratada, cada una de las frases e incluso el viejo reloj de la iglesia marcaba la hora exacta. Incluso reconoció el antes, el después, la foto anterior, la foto posterior. Le impactó tanto que nunca se fijo en si él salía o no en la foto. La único que hizo fue tomar aquel libro que hablaba de animales salvajes y llevárselo a casa y guardarlo en el viejo cuarto donde fue descubierto el hielo. Aquel fue el único libro robado en la historia de Macando.
Cuentan, como siempre se cuentan las cosas, que todos aquellos que se toman una foto en el mismo lugar de aquella fotografía, nunca salen en ella. Y es como si el click se los tragase y aparecen muchos años después en Macondo, como en un universo paralelo, o tal vez como en la única y verdadera realidad.
domingo, 8 de marzo de 2015
Vendaval
Amaranta se escondió de prisa en el locutorio tratando de esquivar la corriente de recuerdos inconclusos que la perseguía desde la facultad. Quiso comprar alfajores y cigarros para el resto del día pero su respiración alterada no se lo permitió, y al contrario se tropezó contra el estante de las aguas embotelladas en plástico, que a la vez derrumbó el estante de las galletitas, y que a la vez despertó de un golpe al encargado quién permanecía dormido desde tiempos inmemorables.
Solo ella, toda una dama perdida en aquella ciudad mágica pudo controlar el ritmo de sus rodillas y no caer al piso en aquel momento. Solo ella pudo mirarse de reojo frente al espejo y evitar despeinarse mientras agarraba las últimas Don Satur de la estantería. Solo ella supo nadar entre las aguas insípidas de colores tristes que ahora inundaban el local y desembocaban en Corrientes. Y fue la única capaz de escapar de aquel instante del tiempo sin permitir que nadie lo notara, o bueno, quizás solo alguien, la única persona en el mundo que lo haría.
Cuando salió se devolvió en la dirección contraria, en la de los antiruecuerdos y lugares comunes, y al cabo de minutos impensables recordó que la cara del encargado del locutorio se le hacia conocida. Sin éxito, después de dar diez vueltas a la redonda en el mismo sentido contrario, trató de volver a aquel locutorio trágico del viejo Palermo. Nunca lo encontró, como si no hubiera existido, o el calor de aquel sofocante verano se lo hubiera tragado. No sabía si buscaba al locutorio o al encargado, de quien también recordó su voz sin quererlo y odiándolo un poco.
Dicen que la gente se pierde en esa ciudad, y en esa esquina que parece avenida Córdoba pero no lo es. Que las ventanas no están cerradas y las puertas no están tan abiertas. Que el caribe es cualquier cajita de aire acondicionado y cualquier lona de carpa color verde pasto que protege el té de las cinco en el mirador de la furia. Dicen que Amaranta duro perdida varios meses, que sobrevivió con las Don Satur y que nunca pudo olvidar la cara de aquel encargado y que con orgullo, ahora cuenta la historia de ese día, como la historia del día en que en un vendaval mágico le robaron su hueso favorito de la cadera.
Solo ella, toda una dama perdida en aquella ciudad mágica pudo controlar el ritmo de sus rodillas y no caer al piso en aquel momento. Solo ella pudo mirarse de reojo frente al espejo y evitar despeinarse mientras agarraba las últimas Don Satur de la estantería. Solo ella supo nadar entre las aguas insípidas de colores tristes que ahora inundaban el local y desembocaban en Corrientes. Y fue la única capaz de escapar de aquel instante del tiempo sin permitir que nadie lo notara, o bueno, quizás solo alguien, la única persona en el mundo que lo haría.
Cuando salió se devolvió en la dirección contraria, en la de los antiruecuerdos y lugares comunes, y al cabo de minutos impensables recordó que la cara del encargado del locutorio se le hacia conocida. Sin éxito, después de dar diez vueltas a la redonda en el mismo sentido contrario, trató de volver a aquel locutorio trágico del viejo Palermo. Nunca lo encontró, como si no hubiera existido, o el calor de aquel sofocante verano se lo hubiera tragado. No sabía si buscaba al locutorio o al encargado, de quien también recordó su voz sin quererlo y odiándolo un poco.
Dicen que la gente se pierde en esa ciudad, y en esa esquina que parece avenida Córdoba pero no lo es. Que las ventanas no están cerradas y las puertas no están tan abiertas. Que el caribe es cualquier cajita de aire acondicionado y cualquier lona de carpa color verde pasto que protege el té de las cinco en el mirador de la furia. Dicen que Amaranta duro perdida varios meses, que sobrevivió con las Don Satur y que nunca pudo olvidar la cara de aquel encargado y que con orgullo, ahora cuenta la historia de ese día, como la historia del día en que en un vendaval mágico le robaron su hueso favorito de la cadera.
lunes, 5 de enero de 2015
Carta
Voy a pararme a esperar el sol venir mientras tu decides contestarme.
Voy a contestarte cuando las cataratas se acaben.
Voy a acabar con esto, con las tardes, con el verano. Mandaré todo al carajo Gus.
Mis rodillas no sanan y me derrito cada tarde en la pileta. Contemplo las cúpulas de estos malos aires con la mirada perdida, con la garganta atorada, con el recuerdo de el otro verano siguiente donde tampoco estarás.
Este año no fuimos al norte, discutimos mucho con mi mamá que no entiende mi necesidad. Yo a veces quiero y no quiero. Me da miedo, sabes? Gus, a que sabes tú? Tengo el recuerdo ido, te quiero cuando estás aquí, pero cada tren que pasa me deja sin palabras, salto entre minutos, tratando de desordenarlos y ordenarlos en sentido inverso para no extrañarte tanto.
Te ví una vez en Lima, te acuerdas? Fue lo más parecido al olvido. Tenías la preguntadera alborotada y yo no supe que decirte, nunca lo he sabido desde que dejé de comer tierra.
Me quería pintar la cara con mariposas, lo notaste? Notás vos esas cosas tan lejos Gus?
La distancia es como el nylon, como la lycra, como todas esas mierdas del futuro que fueron y no son, que estiran, que achican, que contaminan, que embellecen pero entorpecen, y no se si sea el orden.
¿Recuerdas esa tarde en Costanera? Vimos al flaco volar, mientras yo maldecía el no poder encontrar los bananos amarillos de mi república podrida y tu seguías mirando el último crucero que vio Buenos Aires llegar. Yo solo te aguantaba Gus, sábelo.
El diario menciona que la temperatura aumentará dos grados, y yo digo, como si fuera tan fácil. Tu no eras ni siquiera de hielo, eras de piedra, de esa, de la amarilla y rojiza, era imposible contigo. Te hiciste nada en el parque. Me hiciste parque en la nada.
No se en que año estamos, ni a cual iremos Gus. El gordo también se fue, nunca lo quise, o nunca pude decírselo. Ahora Cleo me enloquece y los trajes se pudren en la despensa.
Perdona lo poco, pero no puedo calcular cuánto tardará el tren en llegar con estas palabras, así que no me quiero cansar, porque de repente ya estás de vuelta y solucionas todo. Lo único que te advierto es que voy a saltar las cataratas y vos, vos no estarás ahí Gus.
Amaranta.
Macondo, 1915.
Voy a contestarte cuando las cataratas se acaben.
Voy a acabar con esto, con las tardes, con el verano. Mandaré todo al carajo Gus.
Mis rodillas no sanan y me derrito cada tarde en la pileta. Contemplo las cúpulas de estos malos aires con la mirada perdida, con la garganta atorada, con el recuerdo de el otro verano siguiente donde tampoco estarás.
Este año no fuimos al norte, discutimos mucho con mi mamá que no entiende mi necesidad. Yo a veces quiero y no quiero. Me da miedo, sabes? Gus, a que sabes tú? Tengo el recuerdo ido, te quiero cuando estás aquí, pero cada tren que pasa me deja sin palabras, salto entre minutos, tratando de desordenarlos y ordenarlos en sentido inverso para no extrañarte tanto.
Te ví una vez en Lima, te acuerdas? Fue lo más parecido al olvido. Tenías la preguntadera alborotada y yo no supe que decirte, nunca lo he sabido desde que dejé de comer tierra.
Me quería pintar la cara con mariposas, lo notaste? Notás vos esas cosas tan lejos Gus?
La distancia es como el nylon, como la lycra, como todas esas mierdas del futuro que fueron y no son, que estiran, que achican, que contaminan, que embellecen pero entorpecen, y no se si sea el orden.
¿Recuerdas esa tarde en Costanera? Vimos al flaco volar, mientras yo maldecía el no poder encontrar los bananos amarillos de mi república podrida y tu seguías mirando el último crucero que vio Buenos Aires llegar. Yo solo te aguantaba Gus, sábelo.
El diario menciona que la temperatura aumentará dos grados, y yo digo, como si fuera tan fácil. Tu no eras ni siquiera de hielo, eras de piedra, de esa, de la amarilla y rojiza, era imposible contigo. Te hiciste nada en el parque. Me hiciste parque en la nada.
No se en que año estamos, ni a cual iremos Gus. El gordo también se fue, nunca lo quise, o nunca pude decírselo. Ahora Cleo me enloquece y los trajes se pudren en la despensa.
Perdona lo poco, pero no puedo calcular cuánto tardará el tren en llegar con estas palabras, así que no me quiero cansar, porque de repente ya estás de vuelta y solucionas todo. Lo único que te advierto es que voy a saltar las cataratas y vos, vos no estarás ahí Gus.
Amaranta.
Macondo, 1915.
domingo, 30 de noviembre de 2014
Como un estampido
Ese verano Amaranta decidió pasarla en la casa de playa de la familia. Una casa grande, de ventanas inmensas y vientos revueltos, de serenatas de nubes, hamacas de lino y mecedoras de mimbre. Una casa ubicada en la esquina primera en el punto final, a la izquierda, al fondo y cuyo único problema era que la vista, aquel balcón colonial, no daba al mar, sino a la plaza de aquella revolución perdida. Ahí se sentaba ella todas las mañanas, con su vestido de flores y su olor de perfume barato a tomar el sol, a esperar el fin del mundo y de vez en cuando a mirar al loco de turno.
La plaza pasaba generalmente desapercibida; las estatuas de los próceres ilustren hablaban entre sí de los trofeos de tantas guerras perdidas y los pocos que se aventuraban a pasar por ahí morían derretidos del calor de las 12 que se prolongaba por 24 horas. En una esquina, estaba la casa del nobel, quien solo salía los domingos a las tres en punto, por la puerta de atrás, se pegaba a las paredes y en puntillas pasaba hasta el camino al mar mientras cantaba vallenatos al revés y en inglés. Todos sabían que el vivía allí, pero nunca lo vieron; incluso dudaban de que la casa fuera real.
Al otro costado, en posición contraria a la casa de Amaranta, estaba la casa de Ausencia Santander. Allí iba cada tarde Florentino Ariza, como un ritual sagrado, sin explicaciones convincentes y siempre sin almorzar. Ausencia lo esperaba sin ropa y sin pretensiones, sin angustias de su edad y sin candados a la vista. Era la única forma de esperar el regreso de su capitán de los siete mares del olvido.
Pero esa tarde del eclipse solar, cuando todo oscureció y Sierva María pegó un grito desde el convento al otro lado de la ciudad, Florentino, ebrio de ron sabanero confundió el norte con el sur, y la derecha con la izquierda y solo le faltó confundir el arriba con el abajo y el dulce con la sal. Así que entró como un estampido por la puerta de aquella familia desconocida, y como si la conociera desde siempre, subió hasta el balcón mientras se desnudaba sin pudor, dejando un camino de regreso para la urgencia y se sorprendió cuando la vio en la mecedora y no en la hamaca dispuesta. Frenó en seco cuando descubrió su vestido de hippie. Caminó hasta ella y le increpó por su ausencia. La miró de frente y le preguntó a gritos donde había dejado a su Santander. La tomó de la mano para ver si era real y no de sal petrificada.
Ella sin decir palabra solo sonrío y lo miró con lástima. Y cuando el se sintió derrotado le explicó que había tardado cien años de soledad en llegar, que a ella se la habían comido las hormigas y que la verdadera ausencia era la de él, y que ni pretendiera que escribiendo telegramas en inglés, con i nada volvería a ser lo mismo. Le explicó que lo conoció en otra vida y que ese instante, ese estampido absurdo en que se conocieron no eran dignos de este mundo absurdo.
La plaza pasaba generalmente desapercibida; las estatuas de los próceres ilustren hablaban entre sí de los trofeos de tantas guerras perdidas y los pocos que se aventuraban a pasar por ahí morían derretidos del calor de las 12 que se prolongaba por 24 horas. En una esquina, estaba la casa del nobel, quien solo salía los domingos a las tres en punto, por la puerta de atrás, se pegaba a las paredes y en puntillas pasaba hasta el camino al mar mientras cantaba vallenatos al revés y en inglés. Todos sabían que el vivía allí, pero nunca lo vieron; incluso dudaban de que la casa fuera real.
Al otro costado, en posición contraria a la casa de Amaranta, estaba la casa de Ausencia Santander. Allí iba cada tarde Florentino Ariza, como un ritual sagrado, sin explicaciones convincentes y siempre sin almorzar. Ausencia lo esperaba sin ropa y sin pretensiones, sin angustias de su edad y sin candados a la vista. Era la única forma de esperar el regreso de su capitán de los siete mares del olvido.
Pero esa tarde del eclipse solar, cuando todo oscureció y Sierva María pegó un grito desde el convento al otro lado de la ciudad, Florentino, ebrio de ron sabanero confundió el norte con el sur, y la derecha con la izquierda y solo le faltó confundir el arriba con el abajo y el dulce con la sal. Así que entró como un estampido por la puerta de aquella familia desconocida, y como si la conociera desde siempre, subió hasta el balcón mientras se desnudaba sin pudor, dejando un camino de regreso para la urgencia y se sorprendió cuando la vio en la mecedora y no en la hamaca dispuesta. Frenó en seco cuando descubrió su vestido de hippie. Caminó hasta ella y le increpó por su ausencia. La miró de frente y le preguntó a gritos donde había dejado a su Santander. La tomó de la mano para ver si era real y no de sal petrificada.
Ella sin decir palabra solo sonrío y lo miró con lástima. Y cuando el se sintió derrotado le explicó que había tardado cien años de soledad en llegar, que a ella se la habían comido las hormigas y que la verdadera ausencia era la de él, y que ni pretendiera que escribiendo telegramas en inglés, con i nada volvería a ser lo mismo. Le explicó que lo conoció en otra vida y que ese instante, ese estampido absurdo en que se conocieron no eran dignos de este mundo absurdo.
lunes, 24 de noviembre de 2014
Morir de amor
Esa noche, estrellada contra el mundo, oscura por dentro y en sus uñas la devolvió en el tiempo a una película inocente, a un volcán que nunca estalló, a una montaña rusa que nunca montó. Pero estaba ahí, ausente de toda calle, revoltosa de cada frase, pendiente de cada niña bien, como odiándolas de repente, como en retroceso, como muchas horas en flota. Estaba ahí y no se iba a ir.
Fue la última vez que se dejó ver, fue la primera vez que no quiso que la vieran. Nunca nada le coincidía en la vida y no iba a ser la excepción. Se pusieron la misma camiseta, se citaron a las diez, llegaron a las nueve, se mataron a las ocho.
Fue con su vestido rojo, con su sombrero de paja, con sus abarcas obligadas. Con su andar envenenado. Sin ropa interior. Fumó pasada las seis, recordó las tres calaveras de Colón y la mariposa tatuada en su espalda. Soñó con el Londres a la que nunca la llevaron. Había tomado la decisión diez años atrás, cuando la castigaron y la dejaron sin la feria y solo con el tango. Creció con ese bandoneón destartalado y oloroso a puerto perdido, a playa desnuda, a sal en sus brazos. Ella fue la primera que vio como Amaranta se comía las paredes; la primera que supo que las hormigas iban a acabar con el imperio, la primera que uso audífonos para transportarse, la última que leyó los cuentos prohibidos.
Nunca retomó el tema en esos diez años y vivió a sus anchas, feliz e incongruente, asediada por flores y caballeros locos que llegaban al balcón imaginario cada noche y le cantaban vallenatos de moda, y que cada vez que ella salía a escucharlos le reclamaban por qué se había cortado el pelo. Aprendió el placer en la red, en los caminos a las playas más lejanas, en las noches en las que el sol no se acostaba.
Esa última noche a las siete y cincuenta, abrió su calendario de Nirvana, escribió al revés "Nada más queda" en aquel cuadrado del veinte y siete bisiesto y se sentó a esperarlo. Se sacó los ojos y se desconectó el corazón. Y solo cuando el llegó con un suspiro le dijo: "Benditos los surcos de dolores de aquellas calesitas que giraban sin parar aquella maldita noche en que decidiste cantarme con frases inconclusas. Malas horas para no dejarme montar en la montaña rusa. Te devuelvo tu cóctel, tu quizá, tu jamás. Y me llevó sin querer el olvido que es de mi propiedad. No me sigas, porque estaré. No me tientes porque vendré. No me llames porque cantaré." El, sin hacer ningún gesto la escuchó en silencio, la agarró fuerte de la mano blanca y tibia y cuando ella terminó, cuando le iba a contestar, se derritió sin explicación alguna. Cuentan, de aquel hombre al que nadie conoció que coleccionaba borradores de tablero que en su acta de defunción anotaron sin prisa: Murió de amor.
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